viernes, 3 de enero de 2014

Venta Las Quinientas





  Hay aquí una chimenea de verdad, ya difícil de encontrar a estas alturas de siglo en que pocos ejemplares quedan de camaleones leopardo o tigres de las nieves. Es también una chimenea navideña, o sea, dickenssiana.



 La venta está en el cruce de cuatro caminos (el Croosroads demoníaco de Robert Johnson), hacia cuatro puntos cardinales: El Portal, Lomopardo, Yeguada de la Cartuja y Granja de Cocodrilos Kariba.



 Su significado corresponde a refrendar el nombre de la finca de los duques de Villamarta o de los condes Doméq o de la baronesa Blixen o qué sabe ella, según me explica, la rechoncha y desdentada dueña. La cual, sin duda, percibe mi intento de asemejarme a su habla campechana para hacerme entender o más bien hacerme sujeto confiable; intento risible porque yo hablo fino; así que en seguida se me aparta y se junta con los del extremo de la barra, más de su estirpe.




  Lo que necesito encontrar es una esterilla o una alfombra (persa, caucásica, turquestana…) para acomodarme al amor de la lumbre de esta chimenea de verdad, donde arde robusto y paciente un tronco. La llama flamea por su espalda, a ráfagas de intensidad variable, lo cual la dota de una intención misteriosa al no vislumbrarse una razón evidente que la estimule o mitigue externamente si no es la sujeción a las leyes de su propio arder.
  Me hago un hueco tras apartar bruscamente a un parroquiano con colaña interdental haciendo visajes de lagartija; la colaña acaba en la llama. Me tumbo en la alfombra, y el calorcito (muy distinto del de las estufas o calefactores eléctricos) me hace dormirme y despertarme en distintos sueños.
  En el primero Raskolnikov está siendo interrogado por el teniente de policía san peterburguesa Ilia Petrovich a causa de sus deudas con la patrona a la que debe el alquiler; todavía desconoce que ha asesinado a la vieja prestamista para poder saldarlas. En el segundo Kurt Crüwell permanece en el sanatorio de Notre Dame de Rocamodour, dislocado el intelecto del resto de su sensibilidad corporal, mientras la hábil enfermera escocesa Esmeralda comienza a hacerlo reaccionar colocándole cerca las agujas y retales de sastre que había guardados entre sus efectos personales. En el tercero el slum Garib Nagar de Bandra se pega fuego, consumiendo las chabolas y los vertidos de las calles, a pesar de lo cual los niños se divierten y juegan a saltar y deslizarse entre las llamas. En el cuarto Finch Hatton ordena a Isak Dinesen que permanezca quieta frente a la leona que la acecha, no perciba su nerviosismo y le salte encima y la devore. En el quinto Neil y Brenda se citan a escondidas en los aparcamientos de caravanas al pie del lago Hurón.
  Me despierto reconstituido. El tronco se ha reducido a ascuas incandescentes. La alfombra se ha disuelto en la ceniza del suelo. La chimenea no me la puedo cargar en la bicicleta como tampoco las aspas del techo para usarlas de hélice propulsora.



  No me disgusta haber vuelto a suspender la asignatura: Instrucciones para blindar un corazón, de José María Parreño (ha sido en el apartado: Combatir a la muerte en todos los frentes/ y sobre todo / en el campo de batalla de tu piel). Me sale una isla de Batz en la región subclavia mientras pedaleo el camino de regreso por la CA-3113. Saludo a los caballos de Adonais que no retozan en las playas de Roscoff, sino en un reducido cuadrilátero, embarrado e infecto. Por su propio bien será mejor que no sueñen con chimeneas.



 

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