viernes, 8 de mayo de 2015

Venta Cotito



 – Cuando llueve las monedas salen por los bajantes. Monedas tartésicas. Si excavaran en el yacimiento emergería la capital del imperio.








  Es un ventero locuaz, chismoso con las viejas desayunadoras del comedor anejo, bromeante con la extranjera afincada en Mesas de Asta que esconde un periquito en el jersey, condescendiente con el vendedor ambulante de la puerta (mientras no viene nadie) y fruiciosamente entusiasta conmigo: con el biciclista interesado en el yacimiento.







  – El escritor Maeso está convencido de que ahí estaba la capital del imperio. El centro neurálgico de aquella civilización tartésica. Hace falta que invierta la Universidad o algún otro organismo, que remuevan la tierra y destapen los tesoros y ya verán. Han de ser de un valor incalculable.




  Me basta alzar la barba para parecer el rey Argantonio y provocar una atención elocuente y admirada. Encarno el mismo que recibió del griego Coleo de Samos el yelmo corintio posteriormente ofrendado al dios del río Guadalete y el que le prestó ayuda para los focenses. Con cortés devoción improvisada, venciendo un último titubeo, sin importarle la indiscreta presencia vecinal, me indica un patio trasero. Tras una puerta desvencijada hay una versión fabulosa del retrete de John Harrington. Tal que por él se accede a las alcantarillas y a los misterios del tiempo.

  





   No he podido desarrollar mi afición a las alcantarillas como yo quisiera. Cierta vez me apunté a un cursillo del que fui apeado en la primera criba por no saber pronunciar correctamente losillo, es decir, alcantarilla en gaditano. Otro que me precedió y fue también despachado no escatimó la reiteración de un insulto cuya pronunciación me pareció graciosa y exquisitamente perfecta, con el acento y el desprecio justos: losíoputa. No entendí cómo, siendo tan buen pronunciador de losíoputa no había acertado con la precisa entonación de losillo. Sin duda, el nivel exigido era muy alto.
 



  El alumnado de aquel curso, según me soplaron luego, contó con notables personalidades como Brian, Fellini, Valjean, Wells… Los conocimientos sobre orientación y deambulaje por alcantarillas les sirvieron para, respectivamente, acceder a la casa de Poncio Pilatos, recrearse en la contemplación de la zona prostibular de la Subura, con acceso desde la Cloaca Máxima, esconderse en París del comisario Javert, moverse por Viena para traficar con penicilina adulterada…
 










   Es evidente que mi falta de pericia en el tránsito de alcantarillas es lo que me hace discurrir por el subsuelo de Mesas de Asta con suma desorientación, torpeza y sin visos de desembocar en nada útil y bueno. La oscuridad y el hedor me enervan. Esto es peor que los siete círculos de la Divina Comedia de Dante. Debí esperar al siguiente curso, continuación del básico anteriormente mencionado, sobre espeleología de alcantarillas históricas. Las prácticas me habrían servido para familiarizarme con la orografía característica, los obstáculos peligrosos, los recovecos interesantes, las revueltas trampa… No estoy preparado para cualquier situación imprevista que me sobrevenga, cuanto ni siquiera para una previsible como pudiera ser que alguna de las viejas desayunadoras de la venta practicara retozo fisiológico y jalara de la cisterna buscando anomalías y respuestas. La riada provocada podría revolucionarlo todo y arrastrarme envuelto en cieno. Ni siquiera llevo un violín encima para, en tal caso, interpretar a lo Manuel Guillén el Elogio del agua, que digo yo que serviría para calmarlas.
 



  Ya bastante lejos, tras de mí, la claridad del orificio de entrada ha quedado reducida a un exiguo punto de luz. Vista desde aquí, semeja la luz que dicen se ve al final del túnel (no en todos ocurre), final convertido para mí en origen, desde el que me he adentrado en el túnel. Valga este parangón para aquellos que avanzan a la inversa, es decir, hacia la luz, esperanzados en salir del túnel, no se lleven la sorpresa de toparse un culo al sacar la cabeza o, en su defecto, una puerta garabateada con mensajes del tipo: Digan loke digan, los pelos del culo abrigan. Hay indicios para pensar que la inspiración para el punto 7 del Tractatus logico-philosophicus le vino  a  Ludwing Wittgenstein en tal coyuntura (Sobre lo que no podemos hablar debemos guardar silencio). Y Agustín Fernandez Mallo no pudo evitar la añoranza, sin duda, traspuesto mientras apretaba: Siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus.
 

  


  Reanudo el avance. Es una pena que el nuevo impulso al carril bici de la alcaldía, tal y como nos lo han mostrado en unas octavillas, no tome en cuenta estos conductos, pudiéndonos ahorrar mucha revuelta innecesaria y desagradables colisiones con los vehículos a motor.
 


  La orientación en estas condiciones es tremendamente difícil, más que nada por la falta de costumbre al no poder contar con los sentidos de la vista o el oído. Es verdad que podría alumbrarme con el móvil, pero, aun así, el sentido de la vista está mermado y lo que acertase a ver no sería digno de credibilidad. La escucha, igualmente, sufre una extraña obnubilación, por no decir que en su prevención contra el sobresalto por el estruendo de la cisterna no hace más que imaginarla sonar una y otra vez, sin que lo corrobore la riada subsiguiente. Habiendo iniciado la expedición con los algoritmos cerebrales asociados a la percepción por dichos sentidos intactos, es previsible que, de no reajustarlos debidamente, sufra un proceso inverso al de Marie Huertin, es decir, propenda hacia el salvajismo. Y aquí no hay árboles adonde pueda encaramarme para sentirme a salvo del horror de la incomunicación y la riña conmigo mismo. Tampoco hay columpios para jugar a escapar sobre una estricta semicircunferencia. En cambio, toboganes… toboganes… por lo que aquí palpo… Puede que esto sea un tobogán… Pues… ahhhh!!!
 



  Habré caído durante un par de minutos o un par de siglos… Inmerso en la geometría imaginaria de las alcantarillas nunca se sabe. Ya lo dijo Lobachevsky: la suma de los ángulos de un triángulo es menor que dos rectos. Y los rectos convergen en los retretes, que son los conductos de regreso a las alcantarillas, a los pezones y al punto 7 del Tractatus. Verdaderamente el impulso a la geometría y a la poesía desde aquella posición tan descansada no se ha valorado lo suficiente (John Harrington encontraba así la inspiración mejor que de cualquier otro modo). Es menester incorporar a los retretes pequeños pupitres para resolver sobre ellos cuestiones geométricas o poéticas, según la inspiración del momento. El recurso de las puertas está ya manido, perjudica a la espalda y resulta de morbosas consecuencias.
 

 


  Noto los pies entumecidos, lo que debe ser de la humedad cavernosa. Sumo ya no pocos golpes fortuitos contra la roca, provocándome un dolor agudo, velado por dicho entumecimiento. Los calambres me recorren como breves latigazos de tiempo excedente. El reloj salta de forma discontinua, trota, alcanza los dos, cuatro o dieciséis segundos en un segundo. Incluso pueden ser siglos. La curvatura de la geometría imaginaria de las alcantarillas es negativa como la del espaciotiempo riemanniano. Y detenta un componente de visionaria, cuanto tiende al orden de lo subterráneo, al metódico caos de lo insondable, como diría Bonald.
 




  El espacio se ensancha al final de una galería, y, simultáneamente, percibo una brisa leve. Aquí debería haber una ciudad verniana o unas catacumbas tartésicas. En su defecto, no es menos sorprendente el hallazgo en medio de una planicie abonada de pirita y otros minerales de un eucalipto. El rumor de las hojas es claramente perceptible a causa de la brisa de alcantarilla. La brisa de alcantarilla ya sabemos qué aromas trae, los ojos-patio son las chimeneas por donde escapa con los efluvios vecinales que cristalizan en un polvo hiperfino al contacto con la atmósfera. Aquí no hay ojos-patio, al menos, a simple vista murciélaga (mi adaptación al medio es sorprendente). La única explicación para el eucalipto es que se le cayera una semilla por los agujeros del bolsillo a Marcelino Sanz de Sautuola. Este noble caballero fue quien lo introdujo en la península, siendo originario de Australia. En las cuevas de Altamira debieron talar algunos antes de que crecieran y peligraran las pinturas rupestres al roce con las hojas. Examino las paredes a lo largo del corredor que rodea el árbol por si hay bisontes (es la primera vez que me ayudo de la luz del móvil). Esto parecen los nichos de la catedral vieja, pero completamente huecos, más huecos que aquellos en los que gusta parapetarse Rafael de Cózar, al acecho de la amante, de sus piernas como navajas, de sus ojos de almendra, de sus pechos de melón.
 





  No hay bisontes. Continuo girando. El viento de alcantarilla (ya ha aumentado la intensidad) empieza a parecerse al qibli, incluso por las punzadas del hiperfino polvo de desierto. La cristalización de los efluvios vecinales (no olvido que estoy bajo Mesas de Asta, antigua Asta Regia) también debe ocurrir al contacto de las atmósferas cavernosas. La semejanza no es arbitraria pues ya Ladislaus Almásy lo describe como un viento tibio que puede llegar a ser abrasador y convertirse en tormenta de arena. Tibios son los efluvios vecinales que, emergiendo de las alcantarillas, remontan los ojos-patio. Y si sopla el levante son abrasadores.
 



  Palpo en esta otra pared, me alumbro con la pantalla del móvil. Mi intuición arqueológica me dice que puede haber nadadores como en la cueva de la montaña de Uwaynat. ¿Por qué no aparecieron nadadores en Altamira o en el Tajo de las Figuras y sí en Uwaynat? Me supongo que unos cuatro mil años antes nuestros ancestros aún no habían aprendido a nadar en el cantábrico o en la laguna de la Janda y sí lo hicieron más adelante en el desierto, es decir, en la laguna que había antes de la desertización del Sahara. Sobre la rugosidad de la roca parece que haya cincelados los cuernos de un bóvido. Cuernos curvados hacia adelante como los que refiere Herodoto en su alusión a la tribu de los garamantes en Libia. Bueno. No me quiero dejar llevar por la atrofia perceptiva de las alcantarillas, la luz en insuficiente y mi palpación es infinitamente más pobre que la de Marie Huertin. Hasta podrían ser colmillos de lobo estepario.
 






  Es verdad que la palpación se aprende, o mejor, se afina, intensifica y nos reinventa la realidad en ausencia de los sentidos que la enmascaran. Y los objetos, tras ser tocados, ingresan en ese otro mundo reconocible por su piel omnisciente, como diría Bonald. La sublimación se consigue con el roce de lo invisible, y presume que, interpuesto, está el tiempo que mana de la piedra. Es obvio que debo prescindir de la luz del móvil. Palpo a lo largo de la rugosidad de la roca, recinto del eucalipto de las profundidades, y escucho, a través de mis dedos, las danzas prehistóricas. No es fácil verlas (y menos en lo oscuro), si bien pudieran emerger tras un minucioso proceso de restauración en los talleres de una escuela de bellas artes. Danzas sí había representadas en Altamira, en Uwaynat y en el Tajo de las Figuras. La danza fue antes que la natación.
 





  Mi mano dibuja la danza sutilmente traspirada por la roca, por el tiempo cautivo en la piedra y que la palpación permite fluir. Es una danza, diría yo, que entronca con bailes modernos. La pintura esquemática del Tajo de las Figuras es indicio de una rudimentaria escritura. Estas pinturas son ochos rupestres traídos al lienzo calcáreo, precedentes sin duda de los modernamente incorporados al tango o a las sevillanas. También parecen barruntar las curvas de Cassini, en particular la lemniscata de Bernoulli, lo que sugiere una incipiente coexistencia de matemática y danza.
 




  De parecida danza pudo ser el cuadro expuesto allí donde se cometió un magnicidio. El presidente polaco Gabriel Narutowicz frente al lienzo representando un ritual de danza abstracta y fúnebre ejecutada para él, que vino a contemplarla. El disparo no solo le reventó la cabeza sino que hizo saltar la turbia danza del cuadro a la sala de exposición.

 



  Si llueve y el agua se embalsa es que, o bien estoy en un aljibe o bien en un oquedad natural, que es quien riega el eucalipto. El repiqueteo sobre la superficie se intensifica y al buscar por el techo la canalización que improvisa el agua el detector de movimiento del cuarto de baño acciona la luz y me restalla en los ojos. Mi mano está reposada sobre la puerta y tras ella surge la voz del ventero que secunda el repiqueteo persistente sobre la madera.
  –¿Está todavía ahí? –le escucho decir–. Si ha terminado sus necesidades puede salir y atender a un tal Coleo que pregunta por usted. Dice que viene a que le devuelva el casco  que le regaló.
  Casi de forma refleja me llevo las manos a la cabeza y, en efecto, noto la dureza de un casco. La historia local no ha contemplado la posibilidad de que Coleo de Samos reclamase a Argantonio la devolución del casco corintio que le había regalado, por su precaria ayuda a sus aliados los focenses. A continuación lo tiró al río Guadalete, no como ofrenda, sino como autoreproche por su mal tino. Antes de mirarme al espejo para comprobar si llevo puesto el casco regalado a Argantonio o el de la bicicleta, tiro de la cisterna. La poesía y la geometría evacuadas hacen un remolino y se pierden por las alcantarillas hacia el subsuelo de Mesas de Asta, intentando resolver el enigma de su capitalidad imperial de la Tartéside.

 



 

viernes, 6 de febrero de 2015

Venta La Carreta




  Salí en busca de Anatol, el profesor de Instituto de Umbertha. No lo hice en nombre de nadie: ni de su editor Huvlac (al que había legado sus siete novelas secretas, escritas a lo largo de cuarenta años), ni de su esposa Yhma y sus cinco hijos (a los que había abandonado sin consideración, sin avisar, ni sugerir su intención y destino), ni de ninguno de sus conciudadanos (molesto u ofendido por las duras críticas vertidas contra ellos en sus libros). Salí por propia iniciativa, en mi bicicleta, no en el momento de él desaparecer, embarcándose en el puerto de Umbertha, sino en el de yo conocer que lo había hecho, sin importarme cuánto tiempo habría trascurrido desde entonces, por lo que me fue fácil escoger el día en que hacerlo, es decir, uno de mis habituales días de excursión en bicicleta.





  Las probabilidades de interceptarlo eran mínimas, y, en caso de lograrlo, menos si cabe, las de sonsacarle su filosofía de la vida (cual era lo que me había impactado), para cotejarla con la mía propia, si es que estuviera capacitado para concretarla. Al menos, algunas coincidencias, supongo, nos harían simpatizar: rechazo de cualquier forma de protagonismo, permanencia a resguardo de miradas indiscretas, vida en la amada sombra, devoción por el anonimato… Él sabía que todo esto, celosamente preservado durante tantos años, se desmoronaría al haber hecho entrega al editor Huvlac  (apabullado por el valor literario de una introducción a un libro del Instituto) de sus siete novelas secretas. Que estallaría como un pomelo primigenio el sentido de aquella práctica furtiva (la escritura), infractora, subversiva. Que lo dejaría desnudo sobre el escenario grotesco y pantomímico de la vida (al cual, hasta el momento, había sabido sustraerse), expuesto a la humillación y al escarnio del público (las posibles alabanzas también entraban dentro de esta categoría). De ahí que desapareciera.



   Y lo hizo con arte (El arte de desaparecer), sin preocuparse de dejar atadas las cosas en casa, zanjando los trámites contractuales con el editor sin tener que estar presente, etc. En el puerto de Umbertha se embarcó tranquilamente, como si realizara un acto cotidiano. Hasta aquí la información explícita.
  Estaba seguro, a poco que cavilé sobre ello, que el buque en el que había embarcado era el Wind Surf, pues no me eran desconocidas sus rutas, debido a mis escarceos siderales con la doctora Woolf. Aunque nuestra Pasión Turca acabara en los Astilleros, el que Anatol, casualmente, hubiera tomado dicho buque, redujo la integral de Feymann sobre sus historias a unas pocas posibilidades. 









 

  Seguramente sus novelas secretas, si es que finalmente se publican, sean falibles, y bajo tal presupuesto no me moleste en leerlas (además de que versan sobre el funambulismo, cuyo sentido metafórico de la vida se me escapa). Mas aquel interés mío por destripar su filosofía de la vida (que presumo embarazosa y ofensivamente similar a la mía) me han animado a alcanzar los puentes de paso del Wind Surf, para, desde ellos, saltar sobre cubierta, y abordarlo dentro.

 



   Es posible que, después de saltar sobre el Wind Surf, ya no lo encuentre en él, porque haya desembarcado en algún puerto donde el barco haga escala. Pero puede que, también, indeciso ante qué puerto elegir para reanudar su anónima existencia, prosiga en el barco, dejándose navegar, mientras se entretiene jugando al tute en las tumbonas de popa con una vieja chocha y fumadora empedernida que le cuenta la miseria moral del gran amor de su nieta (Los amores duran toda una vida).




   La elección del puente en que apostarme no iba a ser sencilla, fundamentalmente, porque comprendí que podía existir una directa relación entre el propósito de Anatol y la ideosincracia del mismo. Relación que no resultaba cuerda. Pero tampoco lo había sido relacionar la superficie del horizonte de un agujero negro con la entropía termodinámica, y al final Stephen Hawking hubo de darle la razón a Bekenstein.



  Por la proximidad, el Puente de La Pepa era mi primer candidato a apostarme a la espera del paso del Wind Surf. Lo hice durante unas pocas jornadas hasta que me cansé, dominado por una sensación de apóstata bicicletero. Y es que este magnífico puente no contempla, para cuando concluya su construcción en los próximos meses, el tránsito de peatones y bicicletas, lo que hace sentirse, incluso conviniendo que mi intrusión había sido desautorizada y subrepticia (si no no sería intrusión), un allanador de puentes (reconoceré que aproveché unos túneles secretos practicados en los pilares que conectan con las cuevas de María Moco del Plioceno). Es curioso cómo ha sido cacareada su necesidad y justificada su inversión, y cómo, para ensalzarlo, se ha comparado con algunos puentes famosos del mundo. Está tan bonito decir que su gálibo (69 mts, ¿con bajamar?) es mayor que el del Puente Golden Gate de San Francisco (67mts) como feo callar que este sí dispone de carriles para peatones y bicicletas o que su vano de luz es el doble de ancho y la altura de sus torres le sobrepasa en 30 metros. Y más detalles exasperantes (con los 5 km de longitud se han excedido, pues han omitido las especificaciones técnicas en favor de la imprecisa espectacularidad) que solo pretenden distraer la atención del acorralamiento vial a que van a someter a los ciudadanos (meter una autopista hasta el seno de una ciudad que no tiene prolongación sino por mar) y del estropicio de la paz urbana (si al menos conectara dos corteingleses en ambas orillas). En definitiva, se pretende desahogar la ciudad asfixiándola con una autopista atirantada que permita la afluencia de 145 mil vehículos diarios al cogollo ciudadanil. ¿O la finalidad última era espolear la industria de souvenirs gaditana?
 







  Abandoné mi parapeto sobre el tablero (verdaderamente daba vértigo asomarse al agua) desencantado, no tanto por mi infructuosa espera del paso del Wind Surf (tarde o temprano lo haría, eso sí, con Anatol o no entre el pasaje), como por sentirme un apóstata bicicletero y allanador de puentes. Aunque, reconozco, ello no me resultó tan enojoso como la posibilidad de acabar siendo víctima de las cámaras fotográficas que acompañan a los ministros de turno que acuden a rebozarse en la obra.

 


  Barajé otros puentes (el 25 de Abril en Lisboa, el Oresund en Dinamarca, el Tianxingzhou en China, el Verrazano en New York, el Centenario en Sevilla), y, verdaderamente, casi me había decidido ya por el puente de Brooklyn en New York, cuando, formidable azar, considerando que disponía de un poco de tiempo extra para desviarme de mi propósito, a la altura de la rotonda que conduce a Lomopardo desde la carretera de el Portal, giré el manillar de mi bicicleta en dirección hacia La Ina.

 








  El motivo por el cual había pensado en el puente de Brooklyn adoleció de un pensamiento erróneo, pues creí que, por ser propicio para las intenciones de Anatol, el Wind Surf surcaría el East River y cruzaría bajo el mismo. Pero ello solo sería posible si aquel lo secuestraba, entrando en contradicción con su apetecido anonimato, al, indefectiblemente, irrumpir como noticia extravagante en los telediarios. Me había empecinado en tal pensamiento porque, el puente de Brooklyn, de alguna manera, desde que lo cantara Henry Miller, era el símbolo de la despersonalización, del sentimiento gregario de ser del montón, lo cual es una bonita forma de vivir en la sombra, en el no protagonismo. Dicho puente (por cierto, con pasarela para peatones y bicicletas) acoge un rodar sin trama ni desenlace, representa la inercia hacia el trabajo tedioso, arrastra a miles de imbéciles que se complacen impávidos en las nuevas tumbas que se levantan a su alrededor, conecta la actividad frenética que los iguala en el hormiguero del infierno. Aún así, excepcionalmente, un ser, un Henry Miller, un Anatol, puede revelarse íntimamente, recreando en su pensamiento una desviación evasiva, personal, lúcida, retrasando el empuje del movimiento contráctil de las tripas que le engullen, una desviación que grita reclamando su condición humana, por ejemplo, calculando las posibilidades de meterle mano al cálido coño de la gachí de al lado.

 





  El apacible, húmedo y resplandeciente campo que se abrió ante mis ojos en mi trayectoria pedalística hacia La Ina, me disipó aquella grisura de perspectiva anatoliana hacia el montón. Había atisbado el río Guadalete serpenteando a mi izquierda, agazapado tras altos arbustos y esporádicos cañizales. Los primeros kilómetros me imbuyeron de una fruiciosa sensación a la par exploradora del porvenir inmediato y desvinculadora de todo cuanto podía ser el peso memorístico de mis circunstancias. Presintiendo un espacio y tiempo idóneos para haber sufrido amnesia, o, en su defecto, una caída en picado en un agujero negro, sobrevino la revelación, primero, de la Venta La Carreta, que orilla la carretera, segundo, del puente que cruza el río un poco más adelante, tras aquella y a su espalda, flanqueado por finos y frondosos árboles.


 











  Me propuse informarme en la venta acerca del origen de aquel puente y la posibilidad de que por aquel tramo del río Guadalete hubiese navegado el Wind Surf. En seguida me cohibió una foto en el retablo de bebidas, que, si bien no me impidió departir con el camarero, sí que me indujo a callar cualquier pesquisa. Era de paquito el chocolatero. Acaso, en tiempos, había llegado hasta aquí arriando su carreta de bueyes, y aquí había embarrancado, sin posibilidad de seguir adelante con la venta de chocolate de contrabando.
 





  El examen del puente (al que bauticé con el mismo nombre de la venta) y su circunscripción me brindaron algunas ideas. Es un puente recoleto, manso y, a la vez, recio, bien afirmado. La longitud no es mayor que el ancho del tablero del Puente de la Pepa, y por el mismo, estimo, han de transitar mucho menos de 145 mil vehículos al año. El cauce del río no es abundante. La orilla al otro lado de la venta es poco pronunciada, de manera que se puede acceder al agua para refrescarse. Hay una piedra a la que sin duda se le han borrado las acuñaciones prehistóricas y por eso no está en un museo. Siguiendo el estrecho camino que serpentea y salva una pequeña elevación se encara un tramo largo y recto que tiene a un lado huertas y al final un jardín. El jardín se llama Yanna.

 






  Un poderoso presentimiento se apoderó de mí, impidiéndome continuar. Yanna es el paraíso islámico, jardín nutrido y abundante, vergel amplio y armonioso. Digno de ser apetecido, no solo por los creyentes en tal religión, sino por el eludidor de protagonismo y frustrado funambulista Anatol. El presentimiento me apabulló de forma desalmada: Anatol se había refugiado en Yanna. Y más aún, dentro del jardín, para rematar su afán de anonimato, había cobrado la forma de una estatua. Rápidamente giré sobre mis ruedas y descrucé el puente de la Carreta.
 



  Una última suposición sobre el destino de Anatol, más reconfortante, me alumbró varias horas después, cuando cruzaba por un pequeño puente de madera en Puerto Real. Este puente, más bien pasarela, era solo peatonal y bicicletero, sobre la playita el Conchal, aneja al río San Pedro. El cartelito de advertencia antes del acceso al mismo me aportó una idea sobre la más que probable explicación de por qué el Puente de la Pepa (visible en lontananza) no iba a ser peatonal. La advertencia decía: “Prohibido tirarse desde el puente”. En efecto. Por el riesgo de suicidios. 



 







  Es una pena que una menudencia así determine aquella prohibición del tránsito peatonal por el Puente de la Pepa. Basta notar que el Golden Gate de San Francisco tiene una larga tradición de suicidas y no por ello ha decaído su fama y excelencia, ni se ha decretado su cierre a los peatones.

 


  Fue terminar de cruzar aquella pintoresca pasarela que comprendí que había descartado la posibilidad (y de pronto se me antojó muy plausible) de que la huída de Anatol de Umbertha hubiese albergado otro propósito. El de escapar con una amante. Ciertamente, Rita Rovira, la del sanatorio mental, era un personaje propicio muy atractivo y seductor, de charla rica, ingeniosa y entretenida. A lo mejor me decido a visitarla, a sentarme a su lado en el banco donde acostumbra a pasar las horas y a intentar sacarle la verdad (Un invento muy práctico).