jueves, 26 de junio de 2014

Venta Hijuela del Tío Prieto












  Me costó comprender que la calle Hijuela del Tío Prieto era una cinta de Moebius: una superficie de una sola cara, de un solo borde, un objeto no orientable. Hube de recorrerla al completo para percatarme de que al pasar la segunda vez por el mismo punto mi orientación era invertida. Encaraba, pues, a cada paso, paisajes distintos, a pesar de caer al otro lado del mismo borde. Además, una parte del recorrido la hacía bocabajo, lo que no era del todo fácil de percibir, como le ocurre a la gente del hemisferio sur. No lo confundí con una montaña rusa, donde esta circunstancia provoca la subida (bajada) de la sangre a la cabeza; por lo cual, era topológicamente muy distinta mi inversión, ya que no se me subía (bajaba) la sangre a la cabeza.















  Las vueltas pares contemplaba un paisaje distinto a las vueltas impares, aun pedaleando por la misma superficie y el mismo tramo. Paisajes dispares, de abundancia y riqueza el uno, de maleza y follaje variopinto el otro.

  En este segundo caso, la sensación que me imbuyó fue la misma, entusiasmada e ilusionante, que la de Janet, pedaleando temprano y solitaria por un bosque abigarrado de la Dordoña, dirigiéndose cándida e inconscientemente al horror que la esperaba en las inmediaciones del hangar donde dormía a la intemperie Robert. Era plausible precipitarme abruptamente en el estado cubo, el estado de solidificación, sin indicios de temporalidad, fuera del estado viento o el estado ola (al que estaba adscrita la oruga en indefinida reptación sobre la hoja que planea en el aire), tras un inútil forcejeo ante las embestidas de la bestia que la violaba y que ponía rumbo a peor, al mejor peor posible, al menos indisminuible mejor peor, ya que le importaría un bledo la vigilancia a través de la mirilla de su celda de los gendarmes para, anticipándose a su ejecución patibularia, ahorcarse haciendo una soga con una sábana. 








  La sensación turbulenta y vegetal de un lado del paisaje contrastaba con la pulcra y arquitectónica del otro al completar una vuelta a la calle de superficie no orientable, una sola cara, un solo borde. Parecía la zona residencial de Foxrock a las afueras de Dublín.  Y yo, a la zaga del andar jocoso de Mercier y Camier empujando una bicicleta de señora. Incluso el olor difería, siendo la imagen especular del anterior, o su eco, o la espiral complementaria de una molécula de ADN. Todos los olores tienen sus inversos, así como los colores, si definimos un punto medio en el espectro y convenimos que plegándolos se tocan y anulan para dar un valor neutro. El inverso del ultravioleta podemos consensuar que sea el infrarrojo. El del olor dulce, el fétido.











  No necesité las ecuaciones de parametrización de la calle, ni resolvirar la reducción de sus aristas a un mismo borde de sentidos contrarios (vialmente conduce a una señalización imposible), para colegir, después de completar muchas vueltas, que sendos paisajes correspondían a la composición caprichosa de dos hermanastros, hijos de una misma diosa. Deméter concibió a Kore de Zeus y a Pluto de Yasión. La primera despliega un paisaje primaveral, con fronda fragante, mientras el segundo uno arquitectónico, con olor a lingotes. Por si tuviera dudas, me topé al caballo Arión, el hijo de la diosa y Poseidón, que no pudo abortar. Tratándose de dioses, las violaciones resultan muy provechosas, y si no que le pregunten a Adrastro.







  El caballo Arión no distaba de la Venta Hijuela del Tío Prieto, cuyo sentido solo podía atribuirse al  lugar borroso donde convergen todos los caminos y se instala el tedio de los amantes cuando ya lo han visto todo y hacen como que no. Procede dejar de comprender y evitar más el roce de los pezones, no salgan llagas y desolladuras. Kore y Pluto solo se compenetran aquí, en este punto de flujo y reflujo hacia las cavernas del inframundo, a pesar del peligro que conlleva que asome Hades iracundo en su cuadriga y desbaste los corazones.






  Me aproximé a la venta a investigar, sin obstruir el paso principal y con suma prudencia, gracias a lo cual no fui arrollado por la sibila de Noctiluca, que emergió presurosa del subsuelo con el carro de la compra para acudir al juzgado de lo penal (toda acicalada, la cabellera pasada por la plancha) para defenderse de las acusaciones de la madre, cuyo abogado de pago ha estimado que se merece dos años de cárcel por agresión y la incapacitación definitiva para el cuidado de los hijos por andarse enfrascada en los ritos de culto a Astarté. También esquivé el paso funerario hacia las profundidades de la máscara embalsamada del centauro Quirón, evitando así toda pompa reverencial avasalladora, desalmada y salvaje, que atenta contra la sencillez del recuerdo. Ya entendí que la muerte se queda en los vivos, en ellos mueren los muertos.




 

  El interior ofrecía un espectáculo apacible y solitario, evidenciando su significación difusa y su carácter de tapadera y aforo de la incomprensión. Había una bufanda del Atlético de Madrid, lo cual siempre es reconfortante, por darle un toque de mundanidad a los esfuerzos de salvación. En el expositor de la barra había granadas, manzanas, es decir, todo fruto que inducía a una desobediencia deífica.









  Había una amplia sala aledaña, espaciosa, vacía, con escasas fotos en las paredes cuyos personajes dudo que hubieran adquirido nitidez de haberme acercado. No lo hice porque de repente todo se oscureció y apareció Kore ejecutando una extraña danza. Al cabo del rato la reputé de plástica y hechizante, a pesar de alguna secuencia de difíciles contorsiones y revolcadas en las que parecía enredarse y que provocaban mi propio crujir de huesos. Hubo un instante de colofón, donde mudó la saya negra por una blanca, antes de proseguir la danza. En esa muda mostró fogosamente las tetas. Espléndidas, gallardas, lubricadas por el sudor, contorneadas por la iluminación sesgada de los focos, equilibradas por las luces y las sombras, lo manifiesto y lo sugerido. Era la certera cuchillada de enervación que yo precisaba para haber perecido a su encanto y haberme dejado arrastrar al inframundo, maniobra muy mejorada respecto a la apabullante y bravucona del propio Hades.













 

  Afortunadamente el monigote del WC me gritó: “¡Lárgate!”. El monigote femenino no profirió palabra pero también secundó el imperativo del masculino con ademanes escapatorios.

     ̶¡Lárgate tú!   ̶repliqué yo, convencido de que quería disfrutar él solo del espectáculo.

     ̶No puedo, imbécil. ¿No ves que estoy atornillado? ¡Huye tú!, ahora que estás a tiempo.

  El monigote femenino hacía ademanes cada vez más exagerados e imperativos. Me pregunté por qué no hablaría, si es que realmente no quería más que mostrarse de acuerdo con el  monigote masculino para luego no ser maltratada. En la pista Kore había pasado a danzar con la saya exactamente igual a la anterior, solo que blanca. El efecto cegador de los resplandores de los focos mientras ella hacía una voltereta y mostraba a contraluz  un culo redondeado y prieto me causó cierto alborozo y desconcierto a la vez que bochorno cuanto mezclados con los gritos cada vez más histéricos del monigote del WC. Si hubiera podido lo hubiera crucificado por la cara interior de la puerta, aunque no sé cómo le hubiera estirado los brazos. Cedí porque malograba el espectáculo. A Kore la dejé danzando.








  A la salida cabalgué un buen rato a Arión intentando que su velocidad me lanzara fuera del anillo de Moebius Hijuela de tal y tal. Estaba realmente perezoso, sin duda insensible a la posibilidad de que me quedase perpetuamente atrapado en él. Lo espoleé e incluso fustigué con la cadena de la bicicleta, lo cual, contrariamente a lo imaginable por los defensores de los animales, no le causaba ningún daño ni alteración. Definitivamente no quería alcanzar la velocidad de escape (la fórmula es parecida a , por lo que lo detuve a la altura de un solar poblado de maleza y arbustos, al que accedí cruzando unas columnas deterioradas, una de ellas con el rótulo: Finca de las pieles.






  Hallé en ella varias maletas y las sopesé como portillos para acceder a una salida o bien para sencillamente meterme en ellas hasta que alguien las sacara de allí. Reconocí la maleta de Hans Enzensberger, la de tapas de azabache y forro interior de tela roja, la que le robaron en el aeropuerto de París. Demasiado pequeña para mi tamaño, no así la usada en el secuestro de la hija del operario del matadero de México DF, con un volumen de 70 mil centímetros cúbicos. Por la impresión de tumba portátil que me dio, la descarté inmediatamente. La maleta del náufrago de Felipe Benítez no estaba mal del todo, de no ser porque me chirrió el comentario a lo extravagantes que le parecían las emociones rusticas de Muñoz Rojas, al igual que se lo parecerían las que un astronauta dedicase al paisaje de Marte. Eso es prejuicio deficitario del que se queda aquí.









  Al desviar la vista, cansado de esta inútil ponderación, topé un carro de la compra, entre unos abrojos. Sin duda, reconocí, el de la sibila de Noctiluca. Ella no estaba, y el carro sí, lo que era de extrañar habiendo salido pitando con él hacia el juzgado de lo penal. Quizá lo hubiera abandonado porque le pesaba y no llegaba a tiempo. Pero al asomarme al interior, no vi nada, estaba vacío, así que no tenía porqué haber sido costoso tirar de él. Me pareció idóneo para esconderme, sobre todo al descubrir su doble fondo, en el que encajé perfectamente. En el momento que lo recuperara el mejor de mis destinos habría de ser las cuevas de Mariamoco, al que llegaría a través del inframundo, después de sumergirse por la Venta Hijuela del Tío Prieto. El peor sería el propio juzgado de lo penal, si es que lo recuperaba para reconducirse tirando de él hasta allí, y acababa yo siendo conminado a salir de mi escondrijo en medio de la sala de vistas para someterme al veredicto del juez por meterme donde no me llaman.




viernes, 6 de junio de 2014

Venta Las Cuevas



  La sibila de Noctiluca me abrió la puerta de entrada a las cuevas de María moco. Golpeé la señal convenida en la piedra de acceso por los fosos de Puerta Tierra. Me aseguré de que no había perros retozantes, ni viajeros descendiendo la rampa en la muralla en dirección a la estación. Me deslicé sin ser visto, y tras de mí volvió a cerrarse el pedrusco.






  La oscuridad la mitigaban unas tenues candelas a lo largo de los kilómetros de túneles. La sibila las había encendido con un gesto entre soberano y abúlico. Andaba en paro desde que Argantonio la agravió consultando a la sibila de Colobona (no había olvidado sellar en el SAE en 2 mil años) y pensó que yo vendría a consultarle algún sueño de dos toros, dos caballos o dos tritones alados enfrentados entre sí, que resolvería con libaciones alucinógenas y perfumes embriagadores, trasponiéndose hasta la extenuación. Me hubiera gustado contentarla, y haberle regalado, en agradecimiento, un puñal sacrificial de bronce y plata, una diadema de gemas y un collar de los tres astros: Sol, Luna y lucero del alba. La premié, sencillamente, con un disco de Junco comprado en el baratillo (A mi manera, precio: 0,5 €), por haberme descorrido la piedra, y la insté a que siguiera con sus plegarias, ofrendas, libaciones y esnifadas en la gruta destinada a Astarté. Obvié preguntarle por sus cuatro hijos (el mayor de 8 años, la menor de tres meses), encomendados a la abuela que vive en Barbate, ni si se había desintoxicado del óxido nitroso (gas de la risa) en el CPD de Tarifa.




  Quería explorar por mí mismo el entramado de túneles y galerías, pero, sobre todo, inspeccionar el museo subterráneo de rarezas, dispersas por unos u otros recovecos. En efecto, en unos amarillentos y desportillados legajos en el Archivo Histórico Municipal hallé indicios claros de su existencia, equivalente en importancia al museo subterráneo de Historia Natural en Noé, a unos pocos kilómetros de Puebla, en México DF.



  Para facilitarme el desplazamiento, sobre todo por aquellos tramos donde habría de ir casi tumbado, maniobré el regulador gravitatorio, a fin de rebajar la intensidad, y poder suspenderme en el espacio. La gravedad, ya sabemos, es una tremenda mentira, por su carácter circunstancial y autóctono. Jean-Víctor Poncelet, encerrado en la prisión rusa de Saratoff durante año y medio, no solo meditó sobre las sombras de las figuras geométricas y la correlación recta-punto en la geometría proyectiva plana sino sobre la inversión de la mentira gravitatoria en las cuevas, donde queda uno sandwicheado por sendas masas atractoras y opuestas.



  Pasé de largo el rótulo de una oquedad que decía: Bienvenido a la extracción del viento. Estimé peligroso adentrarme en ella sin ataviarme la escafandra de Emilio Herrera Linares. Más adelante, en otra sección húmeda y brumosa, con el rótulo: Rapsodia de una noche de viento, había unos faroles de TS Eliot, que mascullaban frases de advertencia (Observa a esa mujer que vacila hacia ti…; Observa al gato que se aplana en el arroyo…; Observa la luna, guiña un débil ojo…). La función de los faroles no era, pues, alumbrar, sino advertir. De todas formas me bastaban, para ver, las candelas y la luz halógena de mi bicicleta (miniaturizada en un colgante de porcelana por un artesano mexicano). Los faroles parecían adlateres de la sibila de Noctiluca, a pesar de que ya distaran de la gruta-santuario donde ella recitaba y se mortificaba para adivinar el porvenir. Algunos de ellos sobreactuaban, lo cual inspiraba desconfianza.





  Había extraviado el libro de Lao Tsé: Tao Te King (El libro del origen de todas las cosas), al sacar de mi mochila el cuenta kilómetros y la brújula. No retrocedí para recuperarlo pues desconocía el origen del propio libro en mis manos (¿expurgo bibliotecario?, ¿regalo amativo?, ¿donación al Centro Underground?, ¿libro suelto en los bancos del río Henares o en una mesa del Royalty?). El origen de todas las cosas es también su depósito de retorno cuando prescriben por, fundamentalmente, pudrición (más o menos como las casas-cosas de East Coker: En mi comienzo está mi fin. En sucesión / se levantan y caen las cosas, se desmoronan...).



  Me detuve a contemplar la pierna momificada de Blas de Lezo, expuesta en una vitrina, así como algunos modelos de las patas de palo que usó. Las diferencias estaban en el mecanismo de fijación al muñón y en el material de la contera para no resbalar. Las ortopedias de entonces eran rudimentarias, así como las técnicas de amputación, que, por el aspecto del aserrucho, debieron obviar la incisión en boca de pez, hemostasia y cierre por planos.




  Había una colección bastante interesante de falos momificados de castrattis, técnica de mutilación a favor del contratenorismo, actualmente inútil y brutal, como ha demostrado Filippo Mineccia, que canta con voz de pito y exhibe media barba.


  Había una barrita aromática quemándose, para contrarrestar el mal olor, a base de extractos de rosas marchitas procedentes de la tumba de Marilym, colocadas allí por el bateador Joe DiMaggio.



  En un reloj de pared antiguo observé que estaban a punto de dar las once. Me sentí apremiado a la par que reaccioné tranquilizándome, pues la alteración gravitatoria habría influido en la ralentización de las agujas, según las conclusiones de la relatividad general. O quizás se hubiera parado de un susto, o tuviera miedo, por alguna razón, implícita en su mecanismo, a dar las once, o se hubiera frenado para dar cabida a una clase de tango. De todas formas, decidí no entretenerme y pasar de largo los legajos que se salvaron al cañoneo naval anglo-holandés del 1596, aún no descubiertos por el historiador Manuel Bustos, imprescindibles para poder escribir un libro sobre una etapa local indocumentada.




  Habría avanzado varias decenas de kilómetros por las cuevas de María moco cuando de repente escuché un estrépito alado como de avispero furibundo e histérico. La proximidad se fue estrechando hasta que me percaté de que eran miles y miles de murciélagos espantados. La razón de su espanto pudiera ser porque se hubiera colado en las cuevas un elefante del Circo Mundial o bien una inesperado batallón de turistas, desembarcados por algún crucero. Yo hube de levitar y buscar precipitadamente una salida.




  Por fortuna no emergí de las cuevas por la casa del terror instalada en la feria del Puerto, ya que había al acecho una cajera de la sibila de Noctiluca (también con turnos partidos en el Mercadona), dispuesta a martillear la caja registradora original del Royalty, no la traída de Nueva York (lo revelan los signos de $), y a cobrarme despiadadamente la visita. Es verdad que en el ticket habría desglosado todas las menudencias de mi consumo y gasto visual como en las tiendas de los chinos, a los que no se les escapa un detalle, lo cual siempre es de agradecer.




  A punto de envolverme la nube negra mortífera y chillona de los murciélagos escapé por la Venta de las Cuevas.



  Aliviado no solo por la luz y la restitución de la gravedad, sino por la verificación de que los murciélagos no iban a por mí, pasando de largo, me decidí a seguirlos y ver qué era aquello que generaba tan alto poder de convocatoria como para arrancarlos de su solaz en las galerías del subsuelo. Esta vez hube de pedalear con ahínco. Y qué falsa, una vez más, se me antojó la gravedad: la mentira más real, resultado de una meticulosa planificación. El planificador se las arregló durante mucho tiempo para que la tuviéramos por norma universal, y, aun a sabiendas de que ya no lo es, seguimos aherrojados a ella, con pocas posibilidades de despegárnosla.




  Cuando alcancé con mi pedalear tenaz y relajado a los murciélagos, estaban agrupados y quietecitos en una explanada. Desde la distancia columbré que sus morros eran clones de los morros de las personas, habiéndolos con más o menos morro.



  No me costó comprender el motivo de aquella concentración. En el Circuito Máximo entrenaba el más grande murciélago-auriga de todos los tiempos: Ignatius Killer, y todos aguardaban turno para medirse con él, pese a sus cuadrigas de solo 200 caballos o más. Yo giré la mía unihorse, y me alejé de allí, antes de que nadie descubriera que en mis tiempos mozos le había vencido a una carrera de chapas.